martes, 7 de diciembre de 2010

La Abuela Juana.

Pablo se sentó resignado en el comedor de su casa, con el cuaderno bajo un brazo y con el lápiz en la boca. No había podido terminar su tarea, ya que encontraba difícil transcribir alguna leyenda originaria del sector rural en donde vive actualmente.

El estudia en la ciudad de Cañete, en el único colegio particular que existe, donde siempre se ha destacado por ser el primero de su clase, fruto de la constante preocupación de su madre, quien trabaja como Profesora Parvularia en el “Jardín Infantil Intercultural” de la antigua reducción indígena de Pangue. Ella muy exigente, vigila muy atenta todos los días de la semana las horas de estudios de sus dos hijos, mientras ordena sus materiales de trabajo en el comedor. Ese día Pablo no dudó en recurrir a su ayuda, mostrándole su cuaderno con una actitud de frustración. Sin poder obtener alguna solución inmediata, considero oportuno esperar a su padre al regreso del trabajo para consultarle. Sabe que “su viejo” nunca ha sido un gran aporte académico, pero lo alienta bastante entre bromas y risas sobre las tareas que aparecen en los libros. Mientras espera, juega en internet y revisa su Facebook.

Después de una hora de discusión, todos proponen dirigirse donde la Abuela Juana, quien con sus años de experiencia podría conocer más del algún mito en el sector. Todos se suben al auto familiar, con una grabadora digital, una libreta de notas y un paquete con frutas variadas de la temporada, rumbo a la casa de la Ñaña Juana. Pablo se sentía feliz, sospechaba que su tarea lo llevaría a disfrutar de otra agradable noche de visita familiar.

Al llegar, la abuela Juana los recibió muy sonriente (como de costumbre), mostrando sus escazas piezas dentales y a pie descalzo. Les ofreció mote recién preparado, una “copita” de chicha de manzana para los adultos, y tortillas al rescoldo con miel. El papá de Pablo le explicó el motivo de la visita a su madre, y ella asintió dispuesta a ayudar dentro de lo que entendía. Llevaba 40 años viviendo en el sector y no atinaba a recordar alguna leyenda connotada, pues la vida según ella, había transcurrido muy tranquila por esos lados.

Ya sentados en la mesa, con todos los alimentos ofrecidos, entre bancas, sillas y el humo asfixiante de la gran cocina al medio de la rústica habitación, comenzó su relato:
_ ¿Lo hablo primero en “chedungum” o castellano?_ pregunto temerosa a su nuera.
_ Como Usted quiera Ñaña Juana_ le respondieron todos.
_ Ya, en “chedungum” primero_ comentó.




El idioma no era extraño para Pablo, pero aún no lograba dominarlo completamente. La forma de expresión de su abuela, con la mirada casi nublada por los 76 años de edad, cada palabra emergida de su boca parecía dar a entender a los receptores lo que explicaba. Su hijo menor, el padre de Pablo, agachó la cabeza mirando hacia el mantel sosteniendo la grabadora, pues entendía lo que su madre relataba en su idioma nativo. Nadie interrumpió.

Ella optó por terminar con una carcajada, esas que siempre destacaron los que la visitaron y compartieron con ella en su mesa, para luego seguir con el relato en idioma castellano o “huincadungum”:

Vivía Yo en lo Pangue, al final abajo, de las vegas con nalcas, entre pura arena y mar también. Antes mataban a gente mapuches si iban a vivir a lomas, los gringos-patrón. Mi mamá murió cuando yo tenía 3 años. Me tocó ayudar a criar a mi hermano menor de 1 año. Me pusieron una manta de lana de oveja, a los dos años supe de una manta fíjate tú Pablito, y yo cosía la manta cada vez que se me hacía tira, hasta cuando ya me quedó chica. Mi Padre… era hombre borracho, muy malo, no traía comida para su Ruka. Puro tomar con vino. Mi hermano mayor tenía 11 años, se aburrió porque mi padre lo correteaba y se fue a Curanilahue a trabajar en la' minas-carbón. Nos terminó de criar una tía, hermana de mi madre, a mí y a mi hermano... lo menor. Pasé mucho frio Yo, cuando niña pasé mucho frío. Si, mucho frío pasé yo…ay si supieran, y mucha hambre. Yo no quería a mi padre por que nos hacía mucho sufrir. Él tomaba y nos retaba mucho, y yo corría como niña chica. Lloraba solita como niña entre las quilas del bajo. Lo's 12 años por primera vez pusieron zapatos. Eran de plástico esos zapatos, me pusieron un chamal que había sido de mi madre (según mi tía me había conta'o). Crecí yo entre pata-pelá y barro. Pero tía me sacó de Ruka de padre y llevó pa’ Pitracuicui a trabajar donde una patrona a lavar lana. Ahí tenía 13 años y conocí el trigo. Era tan lindo el trigo me acuerdo. Después trabajé con los telares y los vendía la patrona en el pueblo, pero no pagaba porque vivíamos en Ruka dentro de su campo. En lo campo de la patrona vivíamos, Yo y una prima, hija de mi tía, que nos crió. Era buena la patrona, pe’ patrón echaba los perros si veía nosotros de noche, andando. Patrona cuidaba mucho y mi padre le iba a cobrar plata o si no me sacaba de ahí. A lo’ 14 años fui pa’l pueblo. Conocí yo también mi esposo, mapuche él. Esposo mío pagó 4 corderos al patrón y un saco de trigo cuando casó conmigo. Yo era flaquita, pe’ alta y servía pa’ cargar sacos de lana y ñocha pa'l pueblo. Mi tía se enojó con patrona y sacó su hija y pegó con huasca. Pe’ yo me fui. Yo tenía 16 años cuando me fui, me casé, y mi padre murió. Con vino murió mi padre, mismo año que me casé. Mi esposo era mayor que Yo, tenía mucha tierra y una yunta de bueyes. Me quiso mucho. Era buen hombre, de trabajo, buen hombre era tu abuelo Pablito. De ahí me fui pa’ Lencanboldo y cosechábamos papas, criábamos ovejas y yo hacía telar y ñocha. Tu abuelo, hombre muy sabio. A lo’ 22 años fui mamá, ahí parí a tu tío José. No podía tener guaguas –pichiqueches- porque era muy flaca cuando me casé, y enfermiza, tu abuelo me cuidó siempre. Nos vinimos pa’ acá, y esposo vendía animales y le fue muy bien… muy bien le fue, tu abuelo muy sabio, murió tu abuelo aquí. Yo era más feliz…gracias a Dios. Ya, pe’, esa es mi historia, no sé que más contar. Una cosa te digo Pablito, nunca hay que dejar de trabajar. Yo sufrí mucho, lloraba mucho, quería morirme, mucho susto pasé yo a tu edad, pe’ aquí sigo Yo, vivita…gracias a Dios.

Rumbo a su casa, Pablo notaba un leve cansancio en el rostro de sus Padres, y había pensado en no agobiarlos comentándoles que la historia de su abuela no era exactamente lo que su profesora le había encomendado en la tarea de investigación. Estaba taciturno, meditaba en cada detalle de la narración. Sacaba cuentas en su mente mientras miraba las estrellas de la noche y las casas iluminadas del camino, de aquellos años atrás que había tenido que vivir su Ñaña Juana, en el mismo sector donde él junto a su familia residen. Por lo que había visto y vivido a sus 12 años de edad, no concebía una vida tan llena de desgracias para las personas mapuches en la Provincia. El siendo un niño mapuche y orgulloso de serlo, no había sufrido jamás discrimininación alguna, posiblemente a sus cualidades académicas. No sabía de terratenientes, de patrones, de asesinatos estilo casería en contra de los “peñis” (hermanos mapuches). Contaba con el buen ejemplo de su padre, a quién jamás lo había visto alcoholizado. No se atrevía a imaginar una vida sin los caminos asfaltados, sin la luz eléctrica, las grandes casas calefaccionadas con cocinas económicas a leña, sin el televisor y el computador. Había encontrado la respuesta de porque su Ñaña Juanita, la que tanto quería, no sabía leer y acostumbraba siempre a vestirse de “chamal”, descalza, siempre alegre y muy solidaria. Junto a un suspiro indómito, propio de su raza, dejó escapar un pensamiento en voz alta que arrancó una sonrisa de satisfacción en el rostro de su madre: ¿Tanto ha cambiado la vida en el campo?.




Se arriesgó a transcribir la historia de su abuela. Trabajó toda la noche en el computador y la grabadora, y entre medio agregó algunos párrafos en “chedungumcon su respectiva traducción entre paréntesis, por si su maestra tenía dudas. Resultó una composición algo extensa, cuyo título fue: “La Historia de una Hermosa Niña Mapuche de Pangue”. Como era de esperar siempre en él, su trabajo lo hizo merecedor de un 7,0.

8 comentarios:

Sólo Adán dijo...

Cuando Ñaña Juana murió, acudieron a su velorio alrededor de 2.000 personas, entre políticos, funcionarios públicos, empresarios forestales, comerciantes, dirigentes vecinales, dirigentes mapuches, vecinos y familiares. Y entre todas las cartas de pésame a la familia, estaba la de una mujer que también compartió un mate junto a Ella en su cocina, la entonces Presidenta Michelle Bachelet.

area 12 dijo...

Que fuerte.....

ñOCO Le bOLO dijo...


· Extraordinario relato y, sobre todo, extraordinario comentario aclaratorio. Supongo que el 7.0 será la nota máxima en esos lugares. Diez, diría yo.
· Con sólo mirar para un poco atrás, veremos que la historia que vivimos es el fruto de otras historias más duras.

· Saludos

CR & LMA
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Pipe dijo...

Me gustó tu historia.
Como siempre es un gusto leerte.
Algún día, si viajo al sur me gustaría conocerte.

Roddo dijo...

Qué bueno volver a leerte después de tanto tiempo.

Tus historias, como siempre, logran emocionar.

Por estos días, he descubierto cosas de la cultura Mapuche que no sabía que existían y que han logrado impresionarme... quizás algún día te cuente. ;-)

Abrazos, Sólo Adán!

almendra dijo...

Que bello relato y tb fuerte!!! me emociono...
Grande naña juana... me iso recordar un documental de Berta y Nicolasaaa, ellas tenian tierras en el alto bio-bio... hablaban haci... por aca se ven muy pocos mapuches... años atras en el mercado se vehian unos que otros vendiendo sus ristras de ajo...
ahora recuerdo a mi hijo hace como 5 años le trajo su papá, una manta a telar presiosa (blanca)
y le dijo cuidela mira que la mapuchita que se la compre me webio y me w... que me canso , hasta que se la compre... de echo la tiene a los pies de su cama , sin duda tiene que haber sido una de las tantas naña juanas que existieron...
nos leemos caballero y un gusto verlo por estos lados! muaks almendra...

Katia dijo...

Grande la sabuduría mapuche.
Una de las cosas que me llamaron la atención cuando llegué a .
trabajar a Padre las Casas en una comunidad Mapuche .
Era la falta de conectores para hablar entre los alumnos y que decir de los padres o abuelos; y el LO lo solucionaba todo en los dialogos.
Peucayal lagñen

David dijo...

Me encantan las historias y por eso disfruto de leer mucho y conocer a gente de distintos lugares. Desde hace rato que quería obtener Vuelos a Cusco ya que me hablaron mucho de dicha ciudad y quería conocer a su gente