sábado, 2 de octubre de 2010

Suerte.

El otro día me encontraba conversando con Carolina, sobre su viaje reciente a Venezuela. Durante el periodo de un mes y medio, tuvo tiempo para disfrutar de las bondades del “cacao”, del calor caribeño y saborear el verdadero ron añejo venezolano. Conoció algo sobre la actual situación socio-económica del país, y la impresión de la gente sobre su controvertido y popular Presidente. Tal curiosidad por el país petrolero la llevó a viajar por la selva amazónica, el delta del Orinoco y la sabana venezolana, para compartir y ver la situación en que se desarrollaban diversas comunidades indígenas de aquellos puntos geográficos. La conversación basada principalmente en la aventura, en el total desconocimiento del país y de no contar con ningún contacto que la auxiliara como mujer extranjera frente alguna emergencia, era atribuida según ella, a nada mas y nada menos que al factor “suerte”.

Sin duda que al escucharla su viaje resultaba fascinante, y que de alguna manera había tenido suerte en todo el trayecto: con los pasajes, el hotel, los precios de los Tour, la gente que conoció, incluso hasta con el precio del dólar. No obstante, esa sola palabra quedo retumbando en la conversación por varios minutos, siendo un nuevo tema de debate.


Según Carolina, un Cacique del delta del Orinoco había percibido en ella ese don y se lo había comentado en una de las cenas que se otorga a los turistas que visitan esas comunidades.  De inmediato nos surgió la incógnita de saber a que era aplicable “la suerte” frente a cada situación y persona. Si es una mera superstición atribuible a la ordenación de las probabilidades de un sinnúmero de situaciones favorables, o una esencia propia de cada individuo. Un aspecto que se destaca en aquellos seres positivos en los que es más factible ver situaciones de “buena fortuna”. Y quizás eso último era lo que explicaba la tan divina providencia de mi amiga en el transcurso de su viaje.

Queramos o no, nuestra sociedad completa es supersticiosa con el asunto de evitar la “mala suerte”. No pasamos bajo una escalera, tocamos madera por algún motivo o llevamos un amuleto para atraer “buena fortuna”. Yo aún conservo mis tres hojas de “huallo” que unos Peñis del Lleu Lleu me dijeron mantener en mi billetera, para que nunca faltara el dinero. Y hasta el momento me ha funcionado.

Mi diferencia con Carolina es que no sabía si contaba con buena suerte en situaciones como esas. Y siendo más realista (y por ende pesimista), podría darme cuenta que el "factor suerte" no era algo que consideraba al momento de emprender algún rumbo o una meta, ya que todas las cosas que he logrado y que poseo, material o no material, me han costado con el esfuerzo doble de lo que las personas común y corrientes lograrían. De todos modos, siendo superstición o no y parte de nuestra cultura popular, era factible considerar que “la suerte” es una bendición para quien la desee y crea firmemente en algo positivo.

Terminamos la charla y me percataba de lo cierto de aquel Cacique. Carolina seguiría siendo una mujer con suerte, incluso en esa conversación. Había encontrado un amigo que además de joven y simpático, le cancelaría a ella sin ninguna sarcástica actitud ni reclamo verbal, la media docena de empanadas piñón-queso, sus dos copas de vino “cepa carménére”, y un pastel de jaibas a la española que pidió durante las horas de conversación. Una chica con suerte.

Javiera Mena - Sol de invierno


Aprovechando los días con Sol de Invierno, durante los meses recién pasados, vislumbraba entre las olas del mar, las nubes y el viento, imágenes vividas de historias caducas jamás contadas.

Una Nota en el Cuaderno.

En el instante que por primera vez te vi me caíste muy bien, de presencia, sin siquiera hablar contigo ni una sola palabra. Fue desde ese momento mi interés por conocerte. Me pareciste agradable, y fue justamente por esa entremezclada esencia de humildad-pedantería-indiferencia que proyecta tu andar. Después de unos días y de una cuota de esfuerzo, la primera conversación me resultó agradable. Pero al despedirnos, de inmediato apareció tu indiferencia autóctona a luz de tu mirada.

Cuando te volví a ver me alegré. No hallaba como hablarte o intentar siquiera poder esbozar un saludo desde corta distancia. Traté mil formas de llamar tu atención, hasta el punto de rallar en la ridiculez. A la salida de la biblioteca me miraste seriamente y después de pensarlo mucho, soltaste un poco entusiasmado “Hola”. No se que pasó, pero desde esa vez te tomé mucho cariño y desee explorar tu vida, en búsqueda de esos secretos de origen, que me llevaron de la decepción al fracaso. Aún así, sentía haberme ganado por lo menos tu amistad, y no sólo eso, tu confianza.

Era tanta nuestra risa en el trayecto de viaje a Temuco, que parecíamos dos locos riéndonos de payasos imaginarios. Pero nada de eso nos importaba y nos hacia libres, livianos y protagonistas de las miradas cómplices de aquella gente.

Si tuviera que describirte, a lo mejor mis análisis no serían muy acertados sobre ti. Es que a veces siento que te conozco de hace bastante tiempo, y otras veces tu personalidad me resulta desconcertante. Como alguien también me dijo, tus acciones parecen tan comunes y aburridas para el común de la gente, en cambio otras veces tan impredecible con tus actitudes, que sorprende verte y escucharte. Me haces sentir de muchas formas, incluso inferior. No sé si es tu verdadera intención o tu forma tan particular de explicar tu existencia.

Durante este año, mi desafío fue explorar en tu compleja personalidad de infante indomable, en la búsqueda de esa fuente de sabiduría añeja que mencionas en cada una de tus teorías. Me sorprendí al conocer tu núcleo. Amor y odio parecieron ser la misma cosa. Me desvanecí con tus emociones y lloré con tus penurias. Esa sabiduría era sólo tuya, limitada y algo cerrada. Me molesté conmigo al enterarme de tu conformidad con la existencia mundanal, como aceptando lo bueno y malo que el día a día traía sin ningún reparo. Tu ternura abundante sólo la derrochabas en momentos en que nadie te lo pidiera. Tanta fue mi sorpresa y desconocimiento que hasta ahora, a tus 23 años me pareces inalcanzable.

No me equivoque al mirarte y quedarme en tus ojos. Aquellas grandes y negras ventanas de tu alma me dijeron mucho más de tus emociones. Me topé con una pena inmensa guardada en tu interior y producto de eso un intenso dolor, acunando la gestación de una soledad eterna. En definitiva, nadie sabe de lo tuyo. Yo quizás lo sospecho, pero se que Dios sigue siendo tu testigo. El único al que has contado tu dolor y el motivo de mostrar esa blanca sonrisa, para opacar la verdad expuesta de tu mirada.

Mi criatura de los ojos tristes. Piensas en verdad que nadie te ha visto y te esfuerzas por conservar esa invisibilidad. Yo que siempre he estado ahí contigo, puedo decirte una cosa con seguridad: que toda persona que algún día te conoció, se ha llevado consigo un pedacito de ti. Porque aunque tus penas, tu dolor y secretos sean muchos, la gente que se haya topado contigo, no te olvidará fácilmente. Y quedara en el recuerdo de todos, el haber compartido con una gran persona.

domingo, 8 de agosto de 2010

La Tierra No Deja De Moverse.

La madrugada del 5 de agosto fue otro día para no olvidar. A eso de las 2 AM, un fuerte sismo se sintió con ruido, como el paso de un tropel de muchos caballos que sacudió las casas, volteando cercos, cortando la conexión eléctrica y provocando nuevamente la destrucción de utensilios domésticos. No fue de esperar ninguna alarma, todo el pueblo despertó rumbo a sus vehículos, linternas, agua, pan, leche, medicamentos, documentos, frazadas, celulares, y con una tensa calma comenzó la rápida evacuación hacia el sector de Santa Rosa, cercano a 10 kilómetros de la ciudad a una altura de 80 metros sobre el nivel del mar, en donde se podía estar a salvo.

Fue una situación muy similar a la vivida la madrugada del 27 de febrero de este año, cuando ocurrió el "terremoto-tsunami" de 8,5° Richter que paralizó a todo el país. Un sentimiento de rabia e impotencia me turbaban la vista mientras buscaba mis utensilios de escape, pensando en alguna explicación burda a lo que estaba pasando. Me levanto en pijamas, no siento el frío de la noche y abajo en la escalera mi madre con sus ojos brillantes y asustados me grita: _ Martín está solo con tu hermana_ refiriéndose a mi sobrino quien vivía en el lado norte de la ciudad, al frente de la playa grande. En cosa de segundos, veo a mí otra hermana en la puerta principal de la casa tomando las llaves de su auto, saliendo al rescate del Martín junto con mi madre, antes que el taco de los autos las detenga en el camino.

Todos los vecinos en las calles, desconcertados mirando en silencio hacia el mar, tratando de escuchar algún sonido similar al de los grifos abiertos, por si el mar venía de camino, mientras estacionaba mi auto en dirección de huida. Las réplicas del sismo no tardaron en llegar. Entre la oscuridad de la noche se confundían perros corriendo despavoridos con niños y jóvenes hacia los cerros. Los vehículos tratando dentro de lo posible mantener el orden del tránsito. Los que podían, cargaban a las personas más desvalidas hasta no tener mas cabida en sus camionetas o camiones.

Mientras trataba vanamente de buscar información por alguna emisora dentro de mi auto, miro por mi calle y me conmuevo al ver a mi altivo Padre con las llaves de su casa en una mano y en la otra con una frazada, esperando alguna señal mía para arrancar. Bajo de mi auto y regreso por mi celular que había quedado dentro, y me sorprende otro temblor ruidoso al interior de la casa. Sólo pensaba en mis hermanas y mi madre, esperando que hubieran podido alcanzar el propósito. Mi Padre y mi otro hermano emprendieron el rumbo mientras yo permanecía vigilando y esperando alguna comunicación, o por si volvían las mujeres de mi familia para dirigirnos juntos a la zona de seguridad. Dentro de toda esa espera, ya había ocurrido tres replicas de igual magnitud.

A diferencia de la vez pasada, nunca había visto a mujeres jóvenes corriendo con sus bebes en los brazos, con sus esposos cubriéndoles las espaldas del frío con una frazada. Y ancianos con muletas caminando entre los autos, enfrentando el miedo y la neblina helada de la noche.

Me dispuse a ayudar a los vecinos a cuadrar sus autos, a dar señales de salida, que entre todo el nerviosismo parecían perdidos en sueño. Ya sin pensarlo más, y confiando en la seguridad y temeridad de las mujeres de mi familia, subí a mi auto a una joven madre con su bebe, a una señora con un pesado bolso cargado de víveres y a un anciano con su nieto, rumbo a la salida de Lebu a las alturas de Santa Fé.

Todo el mundo parecía terminar en esa ciudad. Las radios que sintonizaban no daban señales de ninguna catástrofe, mientras las réplicas sacudían los autos estacionados a orillas de la carretera. Las señales de teléfonos todas cortadas hasta las dos horas de sucedido el gran sismo, que hasta el otro día supimos que había sido de magnitud 6,1 Richter.

La indignación del pueblo fue tal, que hasta la fecha no acepta dicho registro, pues los que vivimos el susto esa noche, aseguramos que fue un movimiento mayor a   7, 1° Richter. El epicentro en tanto se registró a 20 kilómetros hacia el mar, al frente de la ventana de mi cuarto, y que aparecería en las noticias de portales noticiosos como un fenómeno anormal, puesto que en Concepción no tuvo mayor relevancia por lo suave del movimiento, y por lo tanto no era tema de preocupación para las autoridades.

Me devolví con una caravana de autos, buses y camiones rumbo a mi Lebu querido, con la esperanza de reencontrarme con mi familia y así fue. Ya en casa, conversamos todos juntos sobre lo sucedido hasta el amanecer, alumbrados por una vela en la cocina con un tazón de Té caliente, con las mochilas y llaves a disposición en caso de otra urgencia.

Al día siguiente nadie acudió a sus Colegios ni lugares de trabajo. El Alcalde decretó alerta amarilla y todos los habitantes de la ciudad trataron de reestablecerse del susto escuchándose unos con otros sobre lo sucedido. La sensación que inundó a los lebulenses de toda esta desagradable experiencia, es el costo que tiene el vivir en una Provincia marginada. Seguimos siendo el patio trasero de la Octava Región, a pesar de haber sido la cuna de la nacionalidad chilena en la historia de este país. Si esto hubiera ocurrido en Concepción o Temuco, quizás hubiera tenido más trascendencia por parte de la opinión pública y las autoridades. Sin embargo, hasta la fecha, no hemos visto mayor preocupación. Siguen los temblores y la Provincia de Arauco concentra la gran mayoría de los epicentros. De todo esto una cosa es cierta: Hay que ser bien valiente para vivir en Lebu.



domingo, 18 de julio de 2010

Fragmento: Himno Del Ángel Parado En Una Pata.

El recuerdo más antiguo que conservaba de su madre era cuando él se empinaba apenas por los cinco años de edad. Era una tarde alta de arreboles, se ve llegando de la calle apurado (“Mi talón de perro”, le decía siempre ella, entre formal y risueña, al verlo llegar a casa hecho un pililo). Viene llegando de la calle y trae una pequeña gran duda atravesada en su cerebro de niño. Su madre, sentada en la cocina, está entonando un corito evangélico mientras se seba de uno de sus litúrgicos mates de la tarde. Entonces irrumpe él y le pregunta, con cierto vago temor –no vaya a ser cosa que ella tampoco lo sepa y por eso se vaya a sentir mal-, le pregunta despacito: “¿Mamá, cuánto es tres más tres?”. Y ella, rápida y alegre como un ábaco de colores, responde: “Seis, pues hijo”. En ese momento sintió a su madre más alta y más hermosa que todas las tardes del mundo.

Libro: Himno Del Ángel Parado En Una Pata.
Autor: Hernán Rivera Letelier.
2003.

lunes, 5 de julio de 2010

Concepción.

Capital regional, sede de empresas pesqueras y forestales, cercana a los puertos más importantes del País. Sólo después del 27 de febrero de este año, se atrevieron a catalogarla como “la segunda ciudad más importante de Chile”. Hoy en día, todo el centro de la ciudad parece haber resistido a un bombardeo. Y entre sus ruinas y escombros, de sus habitantes se proyectó la peor cara al mundo -el llamado terremoto humano-. Nadie imaginó que Concepción, pujante ciudad, guardara entre si una realidad social propia del tercer mundo.

Siempre me gustó su actividad comercial y las oportunidades laborales que ofrecía. De su hermoso emplazamiento y esa armonía natural que la diferenciaba de Santiago.

Entre mis historias en esta ciudad, nunca antes me enfrenté a tanta realidad humana. De familias desechas, resquebrajadas, casi inexistentes. La ciudad de los muchachos solos, de  madres solteras esforzadas y padres ausentes. Personas que en sus vivencias cotidianas, ocultaban más de algún trauma. En muchos casos, cuentos relacionados a drogas, de conflictos y materialismo obsesivo. Personas capaces de vivir con 10 horas diarias laborales a 90 minutos de un supuesto hogar; entre el bullicio y velocidad de las micros, tacos de autopistas, ataques “de lanzas” en el Barros Arana, y con ese olor constante a mariscal caliente los fines de semana.

Entre todo lo superficial que se ve en los estacionamientos del “Plaza del Trébol”, se guardan muchos testimonios de esfuerzo, de superación personal, de exitismo. Si las calles de Concepción hablaran, de seguro relatarían un millar de historias fatuas.

Un Café de Madrugada.

Le he dado un beso apasionado a lo prohibido e inmoral. 
Y entre mis labios ha quedado, 
ese sabor suave y tibio de un café con agua brava.
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Caminando en la Orilla.

sábado, 12 de junio de 2010

Control Médico

Como raras veces se veía, la oficina de la Consulta Médica estaba colapsada por padres junto a sus niños enfermos. También personas de la tercera edad, esperando ser atendidos por los 3 doctores y una dentista que trabajaban en sus respectivas salas. Es una fría noche de otoño, muy oscura a causa de la niebla, con la novedad del temblor grado 5,2 a las 7:16 PM, el que nunca percibí.

Iba preocupado y nervioso. La secretaria con el televisor a todo volumen viendo “Yingo”, el llanto de la pequeña María Belén y una que otra carcajada entre conocidos (haciendo corta la espera), era el escenario de todo. Me senté en el único banquillo desocupado justo al lado del baño. Como no quería ver el programa favorito de la secretaria, decidí tomar una revista y sumergirme entre sus fotos, pensando en la mejor excusa sobre que decir al médico en otro nuevo control.

La “Vivienda y Decoración” se notaba interesante. Colores, paisajes geométricos, letras grandes y letras chicas, parecía no distraerme. Ya en cada hojeada la angustia poco a poco parecía temor. Y no era por entrar a ver al Doctor y explicar que el tratamiento no había dado resultado. Era a causa de la misma desagradable y odiosa angustia, que a cada hora me atormentaba durante mis últimos meses.

Cuando ya no parecía salir de mi estado de pánico, me distrae el dialogo de la “viejita” de al lado. En una voz casi profética, le conversa a otra señora un tanto siútica, de los problemas y tragedias de la vida. “Todos hemos perdido algo. No podemos tenerlo y ganarlo todo…aunque no quisiéramos, eso pasa. Me refiero a cosas materiales, personas, logros, fracasos, incluso la salud”. En ese momento, la secretaria atina a bajar el volumen del televisor y dedicarse a lo suyo, quedando la sala de espera casi a merced de la experiencia de vida que ganó la señora. La muerte de una hija a causa del cáncer y el cambio de trabajo, la llevaron a estar en un profundo estado depresivo. “Entendí con ayuda de algunas personas, que todo en la vida tiene solución. Que las cosas malas pasan por algo, y que efectivamente es así. Los problemas que uno se toma enserio, solo contribuyen negativamente en nuestras cabezas, para achacarnos y enfermarnos más. Cuando existe un problema y tiene solución, ya dejó de ser un problema, porque tiene solución. Y si ese problema no tiene solución, tampoco es un problema, porque no tiene solución. No vale la pena gastar nuestras energías por cosas que no dependen de nosotros. Y es raro que ningún problema no tenga solución hoy en día, si sabemos recurrir a los medios correctos. Para todo y siempre hay una salida”.

La señora quien estaba siendo receptora de aquel consejo, de inmediato entendió el significado de lo que le estaba diciendo, y pregunto:
_ Entonces “Tere”, ¿A que vienes hoy al médico.
_ Esperando a mi hija que es la dentista que atiende allá dentro _ respondió.

Mientras me levanto para cambiar por otra revista, comienzo a pensar en mis problemas y en sus soluciones. Empiezo a darme cuenta que quizás, esta enfermad sea algo netamente psicosomática, y que lamentablemente el Doctor no quería asimilar. Estaba claro que sus largos tratamientos, lejos de hacerme mejor, me hacían sentir mucho peor. Era el momento de asimilar ese diálogo, que sin pensar siquiera alumbró de repente mi conciencia.

Estaba seguro que el Médico me entregaría una nueva receta. La cuarta de todo este largo proceso. Y antes de enterarme de que nuevos remedios se trataría esta vez, apenas llamaron mi nombre para entrar, decido que no los volvería a comprar. No regresaría a la farmacia, a tener que ver la cara de la misma Químico Farmacéutico mientras me registra en su PC, comprobando la veracidad de la indicación. Ya tenía claro desde ése minuto, saludando y mirando de frente a mi Doctor, que el remedio y la solución sería otra.

El Secreto De Sus Ojos.


"...Y ya parece que no lo hubiera vivido. 
Más bien parece el recuerdo de un recuerdo lo que va quedando".
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