El otro día me encontraba conversando con Carolina, sobre su viaje reciente a Venezuela. Durante el periodo de un mes y medio, tuvo tiempo para disfrutar de las bondades del “cacao”, del calor caribeño y saborear el verdadero ron añejo venezolano. Conoció algo sobre la actual situación socio-económica del país, y la impresión de la gente sobre su controvertido y popular Presidente. Tal curiosidad por el país petrolero la llevó a viajar por la selva amazónica, el delta del Orinoco y la sabana venezolana, para compartir y ver la situación en que se desarrollaban diversas comunidades indígenas de aquellos puntos geográficos. La conversación basada principalmente en la aventura, en el total desconocimiento del país y de no contar con ningún contacto que la auxiliara como mujer extranjera frente alguna emergencia, era atribuida según ella, a nada mas y nada menos que al factor “suerte”.
Sin duda que al escucharla su viaje resultaba fascinante, y que de alguna manera había tenido suerte en todo el trayecto: con los pasajes, el hotel, los precios de los Tour, la gente que conoció, incluso hasta con el precio del dólar. No obstante, esa sola palabra quedo retumbando en la conversación por varios minutos, siendo un nuevo tema de debate.
Según Carolina, un Cacique del delta del Orinoco había percibido en ella ese don y se lo había comentado en una de las cenas que se otorga a los turistas que visitan esas comunidades. De inmediato nos surgió la incógnita de saber a que era aplicable “la suerte” frente a cada situación y persona. Si es una mera superstición atribuible a la ordenación de las probabilidades de un sinnúmero de situaciones favorables, o una esencia propia de cada individuo. Un aspecto que se destaca en aquellos seres positivos en los que es más factible ver situaciones de “buena fortuna”. Y quizás eso último era lo que explicaba la tan divina providencia de mi amiga en el transcurso de su viaje.
Queramos o no, nuestra sociedad completa es supersticiosa con el asunto de evitar la “mala suerte”. No pasamos bajo una escalera, tocamos madera por algún motivo o llevamos un amuleto para atraer “buena fortuna”. Yo aún conservo mis tres hojas de “huallo” que unos Peñis del Lleu Lleu me dijeron mantener en mi billetera, para que nunca faltara el dinero. Y hasta el momento me ha funcionado.
Mi diferencia con Carolina es que no sabía si contaba con buena suerte en situaciones como esas. Y siendo más realista (y por ende pesimista), podría darme cuenta que el "factor suerte" no era algo que consideraba al momento de emprender algún rumbo o una meta, ya que todas las cosas que he logrado y que poseo, material o no material, me han costado con el esfuerzo doble de lo que las personas común y corrientes lograrían. De todos modos, siendo superstición o no y parte de nuestra cultura popular, era factible considerar que “la suerte” es una bendición para quien la desee y crea firmemente en algo positivo.
Terminamos la charla y me percataba de lo cierto de aquel Cacique. Carolina seguiría siendo una mujer con suerte, incluso en esa conversación. Había encontrado un amigo que además de joven y simpático, le cancelaría a ella sin ninguna sarcástica actitud ni reclamo verbal, la media docena de empanadas piñón-queso, sus dos copas de vino “cepa carménére”, y un pastel de jaibas a la española que pidió durante las horas de conversación. Una chica con suerte.




