Pasadas las 12 del día, me dirigí al centro de la ciudad a realizar una que otra compra. La variedad de pedidos (CD’s, archivadores, tarjetas para el celular, pollo asado y crema para el postre), me decía que el recorrido comercial sería extenso.
Mientras caminaba por la vereda entre Hola’s y ofertas varias, diviso entre la gente una falda floreada de color rosado. Aquel movimiento característico de caderas, esos hombros erguidos y aquella cabellera sucia y malamente teñida, no podían sino corresponder al de una mujer gitana. Dejé de preocuparme en esquivar a la gente (que circulaba presurosa), y detuve mis pensamientos en la gitana y en todo lo que significaba su mundo. Pensaba en que hace un tiempo atrás, el ver gitanas en la vía pública me causaba un cierto recelo. En ese momento, aquel sentimiento se había convertido en una pequeña (pero creciente) curiosidad por saber más de su cultura, que muchas veces ha sido graficada de manera fidedigna o falsa en películas y novelas. Recordé que cuando realizaba mi práctica profesional en Cañete, me topé con 4 señoritas gitanas. Y aunque esa vez estaba disponible para que "me vieran la suerte”, fui ignorado por ellas como queriéndose escapar de mí.
En eso estoy, cuando sin darme cuenta, paso a rozar el cigarrillo que llevaba la gitana en su brazo derecho extendido a lo ancho de la vereda. _ ¡He paisano! ¿Me da una moneda? Atinó a decir casi en el instante. Me propuse seguir caminando con total indiferencia pero la gitana insistió. _¡Paisano… una moneda! Hey…Hey… Buen mozo…! La suplica por una moneda se había convertido en piropos. A lo mejor fue parte de su estrategia o bien me miró con “otros ojos”, pero al verme aludido por ella decidí corresponderle. La gente que circulaba y que escuchó lo que la gitana me había dicho, esperaba mi reacción con cara de asombro y burla.
Creyendo que en mi bolsillo llevaba monedas de $100, le entrego una, pero al verla en su mano, me di cuenta que eran $500. _ ¡Eh… muchas gracias paisano! ¿Si quiere te puedo ver la suerte? Me dijo, tratando de agarrar mi mano luego de darle la moneda. _No gracias… no creo en esas cosas. Le respondí, para seguir con la última compra que me faltaba (pollo asado). Me miró fijamente en cuestión de segundos y a pesar de que quiso insistir en decirme algo, arregló su cabellera y se fue repitiendo palabras en su idioma.
Seguí mi camino ante la mirada sarcástica de los vendedores ambulantes. Pero también, con la incertidumbre, de lo que me hubiera dicho la gitana, si en ese momento dejaba que a través de mi mano “viera mi destino”. Aunque mas que interesarme por mi futuro, perdía la oportunidad de conocer mas del mundo de los gitanos. Un mundo “cerrado”, pero cautivante para muchas personas que admiran su sobrevivencia frente a la contemporaneidad.




